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lunes, octubre 24, 2011

Sietedelatarde

Entre las siete y las siete y veinte de la tarde es cuando las cosas importantes pasan. Mis últimos sietedelatarde casi siempre se la pasaron entre oficinas y cervezas, eso tiene que ver con un cambio de hábito importante y una nueva tendencia a decir que si a muchas cosas, pero eso no es lo importante. Lo que sí es importante es mi último siete y veinte de la tarde del viernes.
El viernes a las siete menos diez me cansé en mi trabajo, agarré mi cartera y me fui. De repente, las vaquitas eran ajenas y la importancia de no estar sentada frente a una computadora o rodeada de gente, era grande. Y urgente. No me despedí, no pregunté adonde íbamos. Sólo me fui.
Para las siete y diez estaba en la plaza, mirando las cosas importantes.
Muchas de las cosas importantes para para mi no sólo ocurren en esa franja horaria, sino que ocurren en una plaza.
En una plaza a mis trece entendí que mi mamá se había muerto para siempre, descubrí que quería estudiar letras y en otra también se me acabó el amor. También pasaron otras cosas, como encontrarme con amigos, salir de picnic a un parque rodeado de avenidas una noche de verano y tampoco me quiero olvidar de mi primer beso, que fue ahí en un banco del botánico.
Vuelvo al viernes y al mundo de la contemplación en la plaza. Ahí se ve todo. La ciudad está en sus plazas. Y ahora que lo pienso conozco muchas plazas de muchas ciudades y esto parece repetirse.
Es así, que el viernes en la plaza me acordé de lo lindo que es mirar y no pensar y propongo hacer de esto una rutina.
Terminar mi día contemplando la ciudad condensada en su plaza.
Entonces si pasas por la plaza y ves una chica sentada y con la mirada perdida, saludame. Puede que otra cosa importante me pase.



jueves, octubre 06, 2011

El arte del bolsito

Tiendo a establecer relaciones familiares dentro de las oficinas donde trabajo. Siempre hay una que se destaca frente a la otra. Tuve madres, hermanas, padres, tíos copados, tíos borrachos, abuelos y hasta novios.
En todos los casos las relaciones, tal y como debe ser, se diluyeron cuando me fui de la oficina. De todos aprendí. Al menos el desapego aprendí. Eso que nada es como lo percibís también lo aprendí. Alguien que no me conocer creería que aprendí a no repetirlas, pero eso no lo aprendí.
Vuelvo a ocupar el lugar familiar una y otra vez. Y mientras escribo eso me doy cuenta que tampoco está en mis planes no volver a repetirlo. Algo bueno debe tener.
Hoy día quién se sienta al lado mío insiste una y otra vez en llamarme hermana. Explicando una y otra vez que en otra vida, que la confianza. Imagino que lo hace sentirme menos amenaza. Allá él.
Pero lo que más me impactó de todos mis ambientes laborales es el bolsito.
En toda oficina hay una mujer, no importa la edad, sí la actitud. Decía, estas mujeesr tienen cartera grande y dentro de la cartera, un bolsito.
No se puede inferir lógicamente que todos los bolsitos dentro de carteras sean "el" bolsito, pero sí que una vez encontrado "el" bolsito de la mujer, éste, contenga cosas maravillosas.
Sospecho que el acceso al contenido es una cosa mas bien restringida a las otras mujeres de la oficina, pero no podría asegurarlo.
Mis experiencias con él. Mi primer contacto con él debe haber sido cerca de mis 19 cuando corriendo por el pasillo de mi entonces oficina me lleve puesto, a causa de mi entonces torpeza, algún clavo o símilar dañador de uniformes de oficina. Consecuencia, agujero en el sweater y cara consternada frente a próxima visita de inversores y pedido expreso de nuestra mejor apariencia.
Apareció mi madre oficinezca, me agarró del brazo y me presentó a su bolsito. Maravillosos ojos los que contemplaron ese contenido. Revolviendo aparecieron hilo y agujas sanadores, rodeados de cremas en miniatura, remedios de mil colores, curitas y ese es sólo el inicio.
Quedé consternada porque en mi mochila de entonces solo habitaban apuntes, resaltadores, restos de cerealitas y botellas de agua a medio terminar. La diferencia era abismal.
A partir de entonces mis visitas al bolsito fueron mas frecuentes y en su mayoría bien satisfechas. Ni hablar que mis dobadillos dejaron de ser sanados con ganchos de abrochadoras y reemplazados por correctos hilos acordes, los dolores de panza fueron curados en vez de con horribles tés de maquina por preciosas buscapinas y así...
Cuando me fui de esa oficina quise armarme mi propio bolso. Al mes de iniciada la tarea la crema pons hizo enchastre con el caramelo refresco y absorvió al botón blanco como si no hubiera un mañana. No estaba lista para esa tarea.
En los siguientes trabajos siempre tuve buen ojo y detecté a la portadora de ese tesoro y así proveerme de su contenido sin tener que cargar con la responsabilidad de la creación y portación . Siempre es bueno tener de amigo a un juez, aun ladrón y a una mujer con bolsito.
Hoy necesité de ese bolso y no lo pude encontrar. En este trabajo parece que no hay rol materno, o no lo detecté todavía y me propuse mentalmente armarlo aunque sea en ideas.
Por ahora lo único que podría incorporar es el olor de un ramo de jazmines, el gusto de un licuado de frutillas y naranjas de verano y un ticket válido por una tarde al sol. Resumiendo, cosas imprescindibles.