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sábado, julio 14, 2012

De la timidez y otros cuentos

Creo haberlo dicho, pero por si no queda claro hasta ahora, yo soy una tímida recuperada. Para mi es claro que si no fuera por la necesidad básica de comunicación inherente a toda psiquis mas o menos sana, yo no saldría de mi casa. Esto lo sospecharon desde que yo era chica y en el campo desaparecía cuando venían visitas, para solo volver toda sucia y sonriente cuando me aseguraba que se habían ido. Esto no pasó de una sospecha ni se convirtió en un problema en el núcleo de mi familia durante mis primeros años. Mi mamá estaba haciendo siempre algo en la casa y sin tiempo de sobra para mirarme, lo mismo mi padre. Mis hermanos, casi siameses con sus 10 meses de separación, apenas si notaban a la hermana rezagada 4 años más chica. Su sociabilización se satisfacía con la compañía mutua.
Recién fue evidente cuando vinimos a bs as y entonces el colegio, el uniforme y los malditos reportes y boletines donde una y otra vez se marcaba la conducta, el hecho inaceptable, la condena: ni las profesoras ni mis compañeras conocían mi voz.
De alguna manera me las arreglé, formé un clan con otras dos tímidas y entre nosotras nos las arreglábamos. Para ser tres descastadas y mujeres en crecimiento, la verdad, no tuvimos problemas. Respetamos las distancias mutuas y nunca nos contábamos cosas. El plan era un éxito. Frente a padres y familia eramos amigas y entre nosotras, reinaba el silencio.
Todo se complicó cuando nos despedimos, el último día de clases terminando el secundario, mirándonos los pies mientras el resto de la clase prometía encuentros frecuentes y carreras compartidas y amistades eternas. Nosotras tres, sabiamente, elegimos estudios que no requirieran intreacción frecuente con humanos. Sólo había que pasar el estudio de la carrera y superar nuestro terror: trabajos en grupo. En ese momento, último día de clase, nos quedamos las tres en silencio, apenas si enunciamos nuestros deseos estudiantiles: biología, veterinaria y yo a las letras. Bajamos las miradas y lo sabíamos. No nos íbamos a volver a ver y lo más terrible de todo, ya no contábamos mas con la fachada de las otras. Adaptación o muerte nos deparaba el futuro.
Para el período de la universidad me armé de coraje y empecé a pergueñar a esta versión sociable y falsamente extrovertida en la hoy estoy convertida. No fue tan duro como sospechaba, conocí gente interesante y de mil colores. Me fui de viaje por quince días a europa en la época dulce de la argentina y me quedé dos años. Eso se llamó mi etapa, mirá todo lo que hago por amor. Pensándolo para atrás durante ese período de mi vida, la timidez quedó muy rezagada. No se si fueron las drogas, o la energía de los veinte, pero no me recuerdo con problemas para hablar con nadie.
Hace un tiempo, establecida, dueña de casa y con gato, volvió la timidez.
Y volvió en forma de compañero de trabajo. Ya había conocido gente con estas características, pero no es hasta ahora que la tengo que padecer diariamente que mi timidez prendió sus alarmas. 
Mi compañero es un cuentista.
No me molesta la gente que cuenta cosas, de hecho, la recibo con alivio. Casi siempre eso significa que yo no tengo que preocuparme por hablar. El que cuenta se lleva la atención y a mi me queda todo el placer de la contemplación. Mirar las caras de quien escucha, mirar los gestos de quien habla. Saborear sus elecciones de palabras y detectar los giros lingüísticos heredados.
En cambio sí me molesta el cuentista. Me molesta quien frente a una charla ajena, porque no suelen ser ellos quienes la inicien, no, decía, frente a una charla ajena y con la sola mención de por ejemplo, mar del plata, ellos tienen un cuento sobre el tema y lo imponen.
En una situación típica, alguien le pregunta como le fue en mar del plata y el otro a punto de responder se ve avasallado por la experiencia del cuentista que larga en forma de ladrillo su cuento relacionado. El problema no es la interrupción, ni acaso el peso del cuento. El problema es que el cuentista se maneja con enlatados. Al principio es difícil verlo, y no se detecta hasta que se pasa mucho tiempo con él. El problema, el verdadero problema es que el cuentista juega a las cartas con sus cuentos.
Tiene una cantidad limitada, limitadísima, de historias para contar y se esconde agazapado, escuchando conversaciones ajenas, esperando pacientemente poder lanzarla cuando haya espacio. Entonces analiza, cuál de todos sus roídos cuentos enlatados lanzar y paf! en la mitad de la charla aterriza devastando el diálogo. Aridizando la conversación, todo tan abrupto y tan forzado, queda el ladrillo en el medio de los que supieron dialogar y ya después de eso, la nada.
Entonces el cuentista, contento con su oportunidad, vuelve a la carga con otro ladrillo y otro, y otro. Si no fuéramos tan condenadamente correctos, si acaso hiciéramos lo que sentimos en cada momento de convención social, yo creo que sólo quedaría la huida.
Es que frente a un cuentista, sólo queda esa opción, antes del final inequívoco que tanto los tímidos como los otros tememos. El final mas terrible que es, convertirnos nosotros en ese fragmento lejano de quienes somos,  convertirnos en un ladrillo que espera ser lanzado frente a su próxima víctima forzada.